¡Silencio!

Eran las seis de la tarde y estaban las dos felinas durmiendo en la sombra de unos árboles cuando los gritos desmesurados de unos chicos rompieron su descanso. Completamente ciegos de alcohol y drogas empezaron a romper botellas contra las rocas del acantilado y eso impedía cualquier tipo de descanso. Como buena conocedora del comportamiento felino, se acerco a ellos con un seductor movimiento de caderas y les pidió, con una suave voz mientras los hipnotizaba con su mirada felina, que se fueran o que se calmaran y disfrutaran del fantástico sol de la isla del Duende. Se despidió con la mirada fija hasta que todos le desviaron la mirada.
Regresó a la sombra del árbol con su amiga felina y durmieron hasta que se puso el sol.

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