Al despertar
El sol le daba en la cara, la arena de la playa se le había quedado marcada en la piel y su gato ya tenía hambre. Era el momento de despertarse. Esta noche había tenido un sueño muy raro, un sueño que ella sabía que no era más que eso, un sueño. Era el momento de olvidarlo y empezar un nuevo día, una nueva aventura. Se quitó la ropa y se tiró al agua mientras su gato la miraba desde la orilla. Al salir del agua se puso su vestido, cargó su mochila con todas sus pertenencias y descalza empezó a subir por un camino que rodeaba el acantilado. Su gato siempre detrás de ella.
Ella nunca havia sido capaz de renunciar a sus principios. Unos principios que la llevaron a renunciar a todas esas cosas mundanas que le privaban de su libertad. Ella quería llevar una vida espiritual, lejos de ataduras superficiales que le obligaban a entrar a formar parte del juego social que le rodeaba. Ella no tenía casa ni nación ni profesión. A ella sólo le acompañaba su fiel compañero, un gato que conoció justo al llegar a la isla hace 3 años.
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